¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar cuántas personas, simplemente por ser distintas, quedan fuera de nuestras conversaciones, de nuestras invitaciones, de lo cotidiano?
Las personas con discapacidad intelectual, y más aún aquellas con grandes necesidades de apoyo, son personas que quieren reír, compartir cosas simples, tener compañía y mantener conversaciones sinceras; quieren estar y ser tenidas en cuenta.
Sin embargo, muchas veces nadie se detiene a pensar cómo se sienten, nadie cuenta con ellas, nadie se pregunta qué las ilusiona. Aunque estén rodeadas de gente, se les mira pero no se las ve, se les oye pero no se les escucha… y eso también es soledad.
Es una soledad diferente: no es la soledad que, en algunos momentos, nos da calma, reflexión o descanso. Al contrario, es una soledad silenciosa, no elegida ni buscada; es la soledad no deseada e impuesta por una sociedad que muchas veces no sabe incluir. Es la soledad de no ser parte de algo, de ser invisible… y nadie debería ser invisible.
Es importante reconocer que las personas con discapacidad intelectual tienen derecho a recibir todos los apoyos que necesiten para desarrollar su proyecto de vida, tomar sus propias decisiones y vivir en una sociedad pensada por y para todas las personas, donde la diferencia no sea motivo de exclusión, sino parte de la riqueza común.
La inclusión no requiere grandes discursos: a veces basta con mirar, escuchar de verdad, compartir un momento o brindar opciones reales para elegir. Porque ver, escuchar, compartir, invitar y respetar las decisiones son gestos sencillos, pero poderosos. Son, en esencia, inclusión. Y la inclusión evita la soledad.