23 de enero de 2026

Autoría:

  • Soledad Sampedro Ardura. Directora Residencia Rey Aurelio. resireyaurelio@hotmail.com 

¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar cuántas personas, simplemente por ser distintas, quedan fuera de nuestras conversaciones, de nuestras invitaciones, de lo cotidiano? 
Las personas con discapacidad intelectual, y más aún aquellas con grandes necesidades de apoyo, son personas que quieren reír, compartir cosas simples, tener compañía y mantener conversaciones sinceras; quieren estar y ser tenidas en cuenta. 


Sin embargo, muchas veces nadie se detiene a pensar cómo se sienten, nadie cuenta con ellas, nadie se pregunta qué las ilusiona. Aunque estén rodeadas de gente, se les mira pero no se las ve, se les oye pero no se les escucha… y eso también es soledad. 

Es una soledad diferente: no es la soledad que, en algunos momentos, nos da calma, reflexión o descanso. Al contrario, es una soledad silenciosa, no elegida ni buscada; es la soledad no deseada e impuesta por una sociedad que muchas veces no sabe incluir. Es la soledad de no ser parte de algo, de ser invisible… y nadie debería ser invisible. 

Es importante reconocer que las personas con discapacidad intelectual tienen derecho a recibir todos los apoyos que necesiten para desarrollar su proyecto de vida, tomar sus propias decisiones y vivir en una sociedad pensada por y para todas las personas, donde la diferencia no sea motivo de exclusión, sino parte de la riqueza común. 

La inclusión no requiere grandes discursos: a veces basta con mirar, escuchar de verdad, compartir un momento o brindar opciones reales para elegir. Porque ver, escuchar, compartir, invitar y respetar las decisiones son gestos sencillos, pero poderosos. Son, en esencia, inclusión. Y la inclusión evita la soledad. 

Hay soledades que se eligen y otras que se imponen. Hay soledades que calman, que permiten el silencio necesario para escuchar la propia voz, y hay otras que duelen, que pesan, que nos recuerdan que, aunque tengamos muchas personas alrededor, no siempre se nos ve. Esta última es la soledad silenciosa que viven muchas personas con discapacidad intelectual: una soledad que no nace del aislamiento físico, sino del olvido social, del desinterés, de la falta de conexión real. 


A veces, sin darnos cuenta, caminamos por el mundo sin mirar a quienes están al lado. Nos cruzamos con personas que desean ser parte de algo, participar, reír, conversar, y no encuentran el espacio para hacerlo. No porque no lo merezcan, sino porque la sociedad suele definir quién “encaja” y quién no. 

Las personas con discapacidad intelectual, y especialmente aquellas con mayores necesidades de apoyo, viven muchas veces dentro de un círculo de rutinas institucionales, cuidados técnicos o miradas compasivas, pero carecen de lo esencial: vínculos significativos. Pueden estar rodeadas de profesionales, de familiares, de personas cuidadoras, pero aun así sentirse solas. Porque la soledad no es la ausencia de personas alrededor, sino la falta de reconocimiento. 

Cuando una persona es mirada sin ser vista, o escuchada sin ser comprendida, experimenta una forma de soledad profunda, callada, silenciosa. Se la incluye en los discursos, en las leyes, en las cifras de participación, pero no en la vida cotidiana. Se habla de inclusión, pero no siempre se practica el encuentro.  

Esta soledad silenciosa y no deseada que padecen las personas con discapacidad intelectual, no se expresa con gritos ni con reclamos; se manifiesta en los silencios, en las ausencias, en los espacios que no contemplan, en los gestos que no se devuelven. Es una soledad que se vive desde el margen, que nace de una sociedad que, muchas veces sin quererlo, olvida que todos formamos parte de ella. 

Hablar de soledad y discapacidad intelectual es hablar, también, de cómo miramos. Porque la inclusión o la exclusión no comienzan en las leyes, sino en la mirada. 

Nuestra sociedad ha avanzado mucho en reconocer derechos, en crear normativas, en promover la accesibilidad.  Pero aún quedan caminos por recorrer, retos por asumir.  Nos cuesta mirar más allá de las etiquetas, reconocer las capacidades y no solo las limitaciones, ver la persona antes que el diagnóstico. 

Durante mucho tiempo, las personas con discapacidad intelectual fueron definidas por lo que “no podían hacer”. Se les asignaron espacios aparte, programas especiales, actividades diferenciadas. En nombre de la protección se construyeron barreras, y se silenció su voz. Hoy sabemos que esa protección mal entendida genera exclusión. Nadie puede participar plenamente si no se le reconoce como persona con deseos, decisiones y proyectos propios. 

La mirada que excluye es sutil. No siempre se expresa en rechazo directo. A veces se esconde en gestos cotidianos: en no preguntar su opinión, en hablar sobre ellos/ellas y no con ellos/ellas, en no esperar su respuesta porque se asume que “no entenderán”.  

La mirada que incluye, en cambio, es aquella que reconoce, que no compadece, es la mirada que se detiene, que se abre a la diferencia, que escucha con atención, es la mirada que comprende que la inclusión no es un favor, sino un derecho; y que la diferencia es una fuente de aprendizaje colectivo…y en esa mirada no tiene cabida la soledad. 

Cuando hablamos de inclusión, muchas veces pensamos en grandes políticas públicas, en programas institucionales.  Todo eso es necesario, pero no suficiente. La verdadera inclusión se construye en los espacios cotidianos: en una conversación, en un saludo, en la oportunidad de participar en una decisión. La inclusión es el reconocimiento de que la vida de cada persona tiene valor y sentido, y que ese valor se multiplica cuando se comparte.  

Las personas con discapacidad intelectual tienen los mismos deseos que cualquier otra persona:  tener amistades, sentirse útiles, aprender, ser escuchadas. Sin embargo, el entorno muchas veces se los niega, no por maldad, sino por falta de costumbre o por miedo a no saber cómo actuar. Y es en esa falta de costumbre donde se instala la soledad. 

La inclusión verdadera comienza cuando reconocemos que la diversidad forma parte de la naturaleza humana, y que cada persona, con o sin discapacidad, tiene algo que aportar a la vida común. 

Para construir una sociedad inclusiva, no basta con adaptar espacios físicos o crear leyes.  Incluir significa ofrecer apoyo, ceder espacio, compartir decisiones, escuchar deseos, permitir errores, reconocer logros. Significa dar oportunidades reales de participación, no solo presencias simbólicas. 

 Hablar de inclusión no es hablar solo de derechos individuales, sino de bien común. Una sociedad que cuida, acompaña y reconoce a todas y todos sus miembros es una sociedad más justa, más sana y más feliz. 

En este camino, los gestos cotidianos son los que más transforman. Un saludo que se mantiene, una conversación que se adapta al ritmo de la otra persona, una invitación compartida, una decisión que se toma en conjunto… Son acciones pequeñas, pero tienen un enorme poder simbólico y afectivo. Ver, escuchar, compartir, invitar, respetar: esos verbos sencillos son la base de la inclusión. 

La soledad silenciosa puede transformarse cuando la comunidad se hace presente. Cuando las instituciones abren sus puertas no solo para cumplir una norma, sino para aprender de la diversidad. Cuando comprendemos que todas las personas necesitamos apoyo en distintos momentos de la vida.  

Queremos una sociedad donde las personas con discapacidad intelectual tengan oportunidades reales para desarrollar su proyecto de vida, decidir sobre su futuro, equivocarse, participar. Donde la accesibilidad no se limite a rampas o pictogramas, sino que se extienda a los vínculos, a las relaciones, al lenguaje. 

Queremos comunidades, donde nadie sea invisible, donde la voz de las personas con discapacidad intelectual se escuche, donde se aprenda a incluir porque aprender a incluir es también aprender a detenernos, a mirar, a escuchar, a sentir porque la inclusión no requiere discursos grandilocuentes ni políticas complejas. Requiere presencia, tiempo y empatía. Requiere reconocer a la otra persona como valiosa.  

Y cuando eso ocurre, cuando la persona es vista, escuchada y tenida en cuenta, la soledad se disuelve. La mirada se convierte en abrazo, la diferencia se vuelve encuentro, y la sociedad se vuelve hogar. 

Y cuando eso sucede, la soledad silenciosa deja de existir. 

Voces contra la soledad no Deseada